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Mi Camino a México

By:David Ochoa Real Salt Lake | Mexico

Esta es la historia de por qué elegí a la selección mexicana por sobre la de Estados Unidos. Pero mientras tengo tu atención, también quiero hablar de algo más profundo. 
Quiero hablar sobre mi experiencia como mexicoamericano en los Estados Unidos. 

Y quiero hablar sobre la depresión.
Para que sepas, mi decisión no es nada contra los Estados Unidos. Tampoco lo es contra ningún compañero o técnico en particular, ni contra el futbol estadounidense. De verdad. Aún juego al futbol aquí, y le debo mucho de mi carrera al sistema juvenil americano.

Aquí es donde maduré como jugador y como persona. Aquí es donde encontré al entrenador que cambió mi vida.  

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Así que, sí, quiero dejarlo bien en claro: Estoy muy, pero muy agradecido al futbol de Estados Unidos.

Al mismo tiempo, sé que les debo una explicación a todos de por qué elegí a México. Pero para entenderla, primero debes saber lo que he pasado, porque he recorrido un largo camino hasta llegar aquí. Tienes que conocer mis esperanzas y mis sueños. 
Y tienes que empezar en Oxnard, California. 

Cuando creces con padres mexicanos en Oxnard, no vives realmente en Estados Unidos. Estás en México. En la iglesia, los sermones eran en español. Cantábamos el Feliz Cumpleaños en español, íbamos a comer tacos. En la calle, con mis amigos desarrollamos nuestro propio lenguaje, que básicamente era espanglish. Era un típico barrio latino. Decíamos tonterías, bromeábamos por ahí y jugábamos mucho futbol.

Mi casa también era muy mexicana. Cuando mi papá volvía del trabajo, comía su cena y prendía la tele para ver alguna película mexicana o —mejor aún— algún juego de la liga mexicana. Y si tenía suerte, el que jugaba era Chivas. Mi papá ama a las Chivas. Mi abuelo también le va a las Chivas. Podríamos seguir así con todo el árbol genealógico de la familia, porque son todos Chivistas. 
Así que naturalmente mi sueño era jugar para Chivas.  
Eso, y también jugar para la selección mexicana.  

Creo que a muchos de mis sueños les dio forma mi papá. Él era portero en una liga dominical, así que cuando yo tenía 4 años, también comencé en la portería. Él solía analizar a los porteros. Si estábamos viendo un juego, me decía: “Tú tienes que ser como ese tipo. ¡Mira qué bueno es!”. Y yo verdaderamente quería ser como uno de ellos. Conocía a cada portero de cada equipo.

En especial quería ser como Guillermo Ochoa, aunque a mi papá eso no le gustaba demasiado. 

Lo que pasa es que Ochoa jugaba para el América, que es el clásico rival de Chivas. Era gracioso, porque los amigos de mi papá, que le van todos al América, solían comprarme playeras de Ochoa, y yo me las ponía. Mi papá enloquecía al verme con ese uniforme. ¡Para él era como el fin del mundo! 
Bueno, cuando tenía 14, fui a jugar a la Copa de Dallas con un equipo local. Gracias a Dios lo hice bien y me vieron los del LA Galaxy, el Real Salt Lake, el Monterrey y las Chivas. La selección mexicana también tenía a sus ojeadores por ahí.  

Por supuesto, no había discusión. Tenía que escoger a las Chivas… si no, ¡en mi familia nunca más me habrían hablado! 
Cuando me fui a vivir a Guadalajara para jugar en la academia de Chivas, todos estaban muy orgullosos. Me bombardeaban con mensajes en Facebook: ¡¡¡Mijo, qué orgullo!!! 
Pero lamentablemente, la realidad no estuvo a la altura del sueño.

Era muy duro estar con los niños mexicanos en Chivas. Tenía pasaporte mexicano, parecíamexicano, pero como había venido de los Estados Unidos, yo siempre era el gringo. Para ellos, era el niño americano malcriado que tenía todo a disposición. En cada entrenamiento me molestaban con todo tipo de comentarios sobre lo fácil que era mi vida en Oxnard. Y cada vez que me equivocaba en alguna palabra —porque mi español no era tan bueno como el de ellos— me lo echaban en cara: ¡Pinche gringo!  

Pues sí, yo lo odiaba. Lo odiaba muchísimo. Odiaba ser siempre el diferente. 

En Estados Unidos, yo era “The Mexican.”
En México era “El gringo.” 

Creo que lo hacían porque yo era uno de los mejores jugadores de la academia, y además estaba en la selección juvenil mexicana, y ellos al final nunca me veían como mexicano. Pero eso no lo hacía más fácil de aceptar.

Estuve ocho meses allí sin ningún amigo con quien poder platicar. Y cuando tienes 15 años, necesitas amigos.

Necesitas socializar. Quieres salir y ver lo que la ciudad tiene para ofrecer, ¿cierto? Y no quedarte en tu habitación mirando el teléfono todo el día. Esa era más o menos mi rutina de todos los días.

Después empezaba el entrenamiento y ahí seguían los comentarios. Yo me reía, pero en el fondo, me dolían. A veces, por las noches, intentando dormir, pensaba: ¿Qué es lo que tengo que hacer para mostrarles a estos chavos que soy igual que ellos? 

Recuerdo haber estado muy enojado. Quería pelearme con ellos por lo que me decían. Pero con el tiempo, casi que terminas por creer lo que dicen. 

Esa fue mi primera experiencia con la depresión. Comencé a odiarme, porque quería pertenecer y no lograba hacerlo. Estaba haciendo todos estos sacrificios para triunfar como futbolista —y cumplir mi sueño— y sin embargo no me sentía feliz.

También me preocupaba lo que podía pasar si no lo lograba. Odiaba la escuela, así que llegar a la universidad, pues ni modo. De hecho, sabía que si no triunfaba en el futbol, casi seguramente iba a estar trabajando en la construcción por el resto de mi vida, como lo hizo mi padre. Cuando tenía 12 años, mi papá comenzó a llevarme al trabajo para que me fuera preparando para la Vida Real. Era un trabajo durísimo, y vi a gente a su alrededor que tomaba drogas o se deprimía por lo brutal que era.

Ahí sentí que tenía que lograrlo, pues el futbol era todo lo que tenía. Pero a la vez, estaba sufriendo tantos problemas. 

No les dije nada a mis padres sobre el bullying. Mi papá me hubiera dicho que me hiciera fuerte, y mi mamá iba a sentirse mal por mí y pedirme que regresara a casa. Pero Chivas era mi equipo y también jugaba en las selecciones juveniles de México, así que sentía que los sueños estaban cerca de hacerse realidad. No podía perder esa oportunidad.

Lamentablemente, nunca funcionó porque algunas reglas de la FIFA me impedían jugar en las fuerzas básicas mexicanas siendo menor. Así que regresé a los Estados Unidos, y por suerte, otra puerta se me abrió: así llegué al Real Salt Lake Academy. 
Las cosas salieron bien desde el principio. El director de la academia era Martín Vásquez, que también era mexicoamericano, y todo su equipo de trabajo hablaba español. Además el entrenador de porteros era mexicano. 
De pronto, la mala experiencia de Chivas se había ido por completo. Nuevamente me encontré amando la vida. 
Por mis actuaciones me llegó una convocatoria de la selección Sub-16 de México.

Estaba listo para ir, pero el Real Salt Lake me necesitaba para un torneo en las mismas fechas. Me decepcioné mucho, porque sentía que tenía algo para demostrarles a aquellos niños mexicanos. Quería mostrarles que el gringo merecía respeto. Luego, Martín dijo que había una concentración de Estados Unidos que no interfería con nuestro calendario. Y yo pensé: ¿Por qué no? Podría ser divertido. 

Y me fue muy bien. Incluso me convocaron a otra concentración preparatoria para el Mundial Sub-17. Ahí es cuando las cosas se complicaron. Quise impresionar a los entrenadores en lo que pudiera, pero terminé cometiendo errores tontos.

Fuera de la cancha, tampoco me sentía en casa, para nada. No había nadie que entendiera realmente de dónde venía, o siquiera quién era.   

Fue como revivir toda la experiencia de Chivas.
Esa fue la segunda vez que me sentí deprimido. Otra vez me encontraba trabajando duro sin poder ver los resultados, y nuevamente sentía la ansiedad por saber qué pasaría si fallaba. Parte de esta sensación también era por no saber exactamente lo que me estaba ocurriendo. Yo no entendía que estaba deprimido. Sólo sabía que otra vez estaba odiando mi vida.  
Pero luego llegué al Sub-18 y ahí conocí a un entrenador de porteros llamado Des McAleenan. 

 

Siendo sincero, la verdad es que me había creado una especie de miedo a los entrenadores blancos.

Es triste, pero es verdad. Sentía que no podía confiar en ellos, porque no eran como yo y no entendían mi estilo de juego. Pero Des logró quitármelo.

Es como si Dios me hubiera visto sufriendo y lo hubiera enviado para ayudarme.  

Des fue el único entrenador en el sistema americano con el que pude crear una relación de confianza genuina. Era irlandés, pero había trabajado en México, así que hablaba bien el español. Conocía a todos los porteros de la liga mexicana. Siempre estaba listo para discutir los juegos, las paradas, todo. Dejaba lo que tuviera que hacer para hablar conmigo. Me abrazaba. Me entendía. Creía en mí. Confiaba en él con todo mi ser. 

Me encantaba su manera de trabajar. No se basaba tanto en la técnica, sino más bien en lanzarse para todos lados y hacer grandes atajadas — al estilo mexicano. En Estados Unidos se hace más que nada trabajo en el gimnasio y técnica. Los porteros mexicanos son más delgados y más llamativos, y yo quería ser así. Seguro, a veces quizás pueden ser demasiado llamativos, pero por eso es que te enamoras de esto, ¿no? Quieres sacar el balón del ángulo y oír a todos… ¡¡¡Guauuuuuuu!!! 
Trabajando con Des, me transformé en el portero titular de la Sub-18. Continué con la selección Sub-20 para el Mundial Sub-20, en donde el técnico era Tab Ramos, otra persona que me entendía.

Había más mexicoamericanos, como Alex Méndez o Ulysses Llanez. Todos eran justo como yo. 

 

Des logró quitármelo. Es como si Dios me hubiera visto sufriendo y lo hubiera enviado para ayudarme.  


– David Ochoa

 

Y entonces me acuerdo pensar: “Quizás y sí PUEDA jugar para Estados Unidos. 
Pero luego Tab fue contratado por el Houston Dynamo y Des se marchó a trabajar con la selección de Colombia. 

De pronto fue como si hubiera perdido a mi ángel guardián. Pero a la vez, seguía teniéndolo. Porque Des siguió llamándome todos los meses. Seguía viendo mis partidos. Entrenaba a jugadores que habían triunfado en las grandes ligas europeas, y me decía: “Tú puedes ser mejor que ellos. No tan buenos como ellos… Mejor”. Me generaba este fuego interior. De verdad quería demostrarle que tenía razón.  

En diciembre del año pasado, Real Salt Lake decidió cambiar a su entrenador de porteros. El club tenía una lista de tres posibles reemplazos, y Des era uno de ellos. Pensé que existía una buena posibilidad de que volviéramos a trabajar juntos, pero no fue lo que sucedió. 
En febrero, recibí la noticia de que aparentemente Des se había quitado la vida. 
Su muerte me hizo cuestionar absolutamente todo. Descubrí que también Des había estado luchando con la depresión. Fue todo un shock, porque parecía el tipo más animado y feliz, siempre sonriente, siempre trabajando duro. Pero nadie lo supo hasta que fue demasiado tarde. 

Empecé a analizar mi pasado y a reconocer que, sí, yo también había estado con depresión. Es raro, porque cuando juegas futbol, es como si estuvieras en piloto automático, pero de pronto han pasado dos años. Pero ahora podía ver bien los síntomas. Había estado sufriendo, pero no había terminado de entender lo que me estaba ocurriendo.  

Des falleció el 26 de febrero de este año. Tenía apenas 53 años de edad. Dios sabe que sólo desearía haber podido ayudarlo tanto como lo que él me ayudó a mí. 

Gracias a Des, mi carrera volvió al sitio en el que debía estar, y también mi mente. Desde principios de este año estoy jugando regularmente para el Real Salt Lake en la MLS, toda una bendición. Siento que todo el trabajo duro finalmente está dando sus frutos. Por suerte, los pensamientos oscuros también son cosa del pasado. 

En mayo, Estados Unidos me convocó para la Nations League. México había estado golpeando a mi puerta por un año, y en el fondo, seguía siendo mi sueño. Aún llevaba esta rabia dentro luego de mi paso por Chivas.  

Pero también quería serle fiel a Estados Unidos y, de algún modo, a Des, aunque él ya no estuviera aquí.  

Esa convocatoria fue la primera desde la muerte de Des. Creo que en el fondo buscaba a alguien como él, que me entendiera y que trabajara conmigo, y me quisiera como él lo había hecho. Pero no encontré a nadie como él, y me transformé en este muchacho callado que trataba de procesar todo lo que había pasado. Casi no hablé con nadie en esa concentración. 

La final contra México fue rara. Estaba en la banca, echándole porras a Estados Unidos, porque yo era parte del equipo. Pero algo en mi corazón me decía: Guau… estos son los jugadores mexicanos que creciste mirando en la televisión. Jugaba Guillermo Ochoa. De verdad sentí que México tenía un lugar en mi corazón.

Al final, fui el único jugador que no jugó un solo minuto. No estoy diciendo que debí haber jugado en la Nations League. Aún soy joven, y el equipo tenía a otros dos muy buenos porteros. También sé que cometí un error en la calificación para los Juegos Olímpicos. Pero lo había hecho bien en los entrenamientos, y quería demostrar de lo que podía ser capaz. 
Después del torneo, cuando jugamos un amistoso contra Costa Rica, yo pensaba: Tienen que meterme en este partido. 

Jugábamos en el estadio del Real Salt Lake, enfrente de mis aficionados.
Hubo un momento en que la gente estaba cantando mi nombre para que entrara.  
Además, el partido era demasiado fácil. Una mitad. Al menos 15 minutos. 
Pero no ocurrió. 

No voy a mentir: me sentí muy frustrado. Estaba enojado. Sentí que verdaderamente no creían en mí. Así que cuando México me invitó a la concentración antes de la Copa de Oro, fue como recibir la luz verde para decir que sí. El Tata Martino había dirigido al Barcelona y a la selección argentina —trabajando con los mejores porteros del mundo— y ahora me estaba diciendo que creía en el potencial que tenía. Así que fui para ver de qué se trataba. 

Tenía dudas, de verdad que sí. Todavía recordaba lo que había pasado en Chivas. Pero de verdad lo disfruté muchísimo. Nadie me llamaba gringo. Todos querían platicar, trataban de conocerme, y también estoy hablando de los jugadores más reconocidos. Héctor Herrera me siguió en Instagram. Sé que es gracioso que le dé tanta importancia a este detalle, pero realmente me hizo sentir: Bueno, él juega en el Atlético de Madrid, pero sabe quién soy yo. Guillermo Ochoa no estaba, pero Talavera, Cota, Orozco, todos ellos, sí. Tenía enfrente a los jugadores que habían sido mis ídolos desde niño. Y ahora eran mis compañeros.
Después de tres días, supe que haría el cambio. Me sentí valorado no por el portero que soy ahorita, sino por el portero que puedo ser. 


Y entendí que no importa cuánto lo intente, nunca seré completamente americano. Tampoco seré completamente mexicano, así que es donde me sienta más cómodo, y algo dentro de mí me hace sentir en casa junto a los jugadores mexicanos. Eran ruidosos y divertidos y sociables. Me hicieron sentir como si estuviera con mis amigos en Oxnard.
Me hicieron sentir como si Des estuviera por ahí. En esta etapa, es justo como quiero sentirme, apreciado y en casa. 

Después de todo lo que ha pasado, sólo quiero ser feliz. 
Es por eso que decidí elegir a México, y realmente espero que puedas entenderlo. Aunque se trate de una decisión personal y emocional, espero que tenga sentido. Definitivamente lo tiene para mí.

En esta etapa, es justo como quiero sentirme, apreciado y en casa. 
– David Ochoa

 

Por cierto, también tengo otro sueño. Me gustaría convertirme en un modelo para los jugadores mexicoamericanos. Hay muchos jóvenes talentosos que juegan en pequeñas ciudades como Oxnard, pero a los que nadie parece ver. Hay más de 35 millones de personas viviendo en Estados Unidos que nacieron en México o tienen raíces mexicanas, pero son muy pocos los que juegan futbol profesional aquí. Es realmente extraño, ¿no? Debería de haber muchos más. 

Así que espero poder hacer mi aporte para cambiar esa realidad. Espero que los niños mexicoamericanos puedan ver lo que estoy haciendo y digan: Guau, quizás yo también pueda hacerlo. 

Quizás algunos vean un partido de futbol por la tele y digan: “Papi, ¡quiero ser como ese portero!
Un niño de Oxnard.


Un portero de México. 

Un orgulloso mexicoamericano.

 

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